El Juego que Empieza con el Pitido Final

¿Quién eres? ¿Te sientes cómodo describiéndote? ¿Podrías enumerar con claridad tus principales fortalezas y debilidades? ¿Cómo es escuchar a los demás hablar de ti? Una tarea que en teoría parece sencilla, en la práctica muchas veces está lejos de serlo. ¿Y si, además... una o dos veces por semana, recibieras miles de comentarios y análisis sobre tus cualidades y tus errores? A eso súmale un entorno en el que se toman cientos de decisiones en cuestión de segundos, con una exposición inmediata ante personas plenamente convencidas de que saben exactamente lo que haces. Entonces, ¿quién eres de verdad?

Jugar al fútbol al más alto nivel exige, entre muchas otras capacidades, la de tomar decisiones con una rapidez extraordinaria. Y no son pocas: algunos estudios sugieren que un jugador toma entre 1.500 y 2.500 decisiones en un solo partido. Es decir, como mínimo una decisión cada cuatro segundos de media, y algunas de ellas pueden resultar decisivas para el desenlace del encuentro, para bien o para mal.

A esto podemos añadir otro factor que incrementa aún más la dificultad: la exposición de cada una de esas decisiones. El jugador sabe que será juzgado con dureza, analizado hasta el último detalle y sometido a un auténtico escrutinio público. Así pues, aquí aparecen ya dos competencias imprescindibles: la capacidad de decidir y la capacidad de gestionar la enorme exposición que acompaña a esas decisiones.

Es cierto que los profesionales que ocupan puestos de gran relevancia, responsabilidad y/o poder pueden sentirse presionados por las decisiones que deben tomar; forma parte del cargo. Sin embargo, esas decisiones no suelen evaluarse de manera instantánea ni por miles de personas que se consideran expertas en la materia. En el caso del futbolista, confluyen tres factores: una gran cantidad de decisiones tomadas en espacios de tiempo extremadamente breves; la exposición inmediata de esas decisiones; y el escrutinio de un público masivo que se percibe a sí mismo como un experto legítimo.

Y ahí no termina la cosa. A esos tres factores se suma una distorsión en los análisis provocada por la distancia entre el tiempo de la jugada y el tiempo de su revisión. Las imágenes a cámara lenta —repetidas hasta el infinito— pueden construir un escenario que se parece muy poco a la “escena real”, donde todo sucedió en apenas unos segundos. Se utiliza una imagen detenida para interpretar un instante de velocidad extrema. Mientras tanto, el jugador decidió y actuó en tiempo real. Es decir, se le juzga a partir de una jugada que no fue exactamente la que él vivió sobre el césped.

Algunos consideran exagerado afirmar que esto distorsiona tanto la percepción, y sostienen que el análisis debe ser lo más detallado posible para ser fiel a la situación original. Es un argumento legítimo, pero aplicado al fenómeno equivocado. Una jugada de fútbol no es un experimento de física en el que una acción se descompone en fotogramas para comprender con exactitud lo sucedido.

En el fútbol ocurre más bien lo contrario: una jugada exige interpretación, y la velocidad del movimiento afecta directamente a esa interpretación. Cuando la imagen se ralentiza, también puede cambiar la lectura. Conviene aclarar que el punto aquí no es determinar qué está bien o qué está mal —ni hacer una defensa o una crítica del VAR—, sino señalar que el jugador actúa según una medida y es juzgado según otra.

Así llegamos a la complejidad del escenario al que se enfrenta un futbolista cuando lidia con las valoraciones sobre su rendimiento: cientos de decisiones tomadas en fracciones de segundo, evaluaciones instantáneas, la participación de miles de “expertos” autoproclamados y análisis distorsionados por una percepción del tiempo completamente distinta.

¿Y cómo podría cambiarse o mitigarse esto para el jugador? Desde una perspectiva externa, no parece una opción viable. No puede cambiarse. Al contrario, la tendencia apunta a una intensificación de esta situación: más tecnología, más interactividad, análisis cada vez más rápidos, con cámaras y sensores por todas partes. En resumen: una presión creciente sobre el deportista.

La afición, los medios y el público en general buscan y se alimentan de esta montaña rusa de emociones y opiniones. No quieren emociones “solo” durante los noventa minutos o en los días de partido; también quieren contenido para todos los demás días. Y no hay nada de malo en ello: es lo que mueve toda la “maquinaria” del fútbol. Pero, si miramos desde el punto de vista del jugador, lo que aquí llamamos una montaña rusa emocional dista mucho de ser algo simple o inocuo. Puede resultar devastador para el equilibrio psicológico de un deportista.

El árbitro señala el final del partido. El jugador abandona el terreno de juego cargando con el peso de las decisiones que tomó, mientras empieza ya a prepararse para analizar todo lo ocurrido en el encuentro junto a sus compañeros y al cuerpo técnico, algo que de por sí ya supone una gran exigencia. Y, sin embargo, todavía queda una “prórroga”: mientras intenta descansar y recuperarse físicamente tras el partido, el jugador entra en un proceso de intensa actividad mental y emocional para elaborar no solo lo que vivió, sino también la manera en que su actuación ha sido juzgada.

El cuerpo descansa, pero la mente sigue trabajando: una tarea solitaria, silenciosa, difícil, en parte inconsciente, en medio de un torbellino mental y emocional. Solitaria incluso cuando se está rodeado de gente, porque quienes están cerca —por muy buena intención que tengan— a menudo refuerzan sesgos de confirmación o aportan nueva información procedente de análisis externos, lo que puede aumentar todavía más la turbulencia interior. La cuestión es que las opiniones del entorno nunca sustituyen ni reducen la necesidad de la propia elaboración interna del deportista.

Si construir y consolidar una carrera profesional exitosa exige planes relativamente estables y un alto grado de autoconocimiento, el fútbol ofrece al jugador justamente la condición contraria. Puede que el mayor desafío del futbolista no sea el “caos” dentro de las cuatro líneas, porque para eso recibe apoyo, orientación y entrenamiento, además de contar con su propio talento individual. El mayor desafío puede estar en el caos fuera del campo, para el que rara vez se le ha preparado y cuyos efectos, muchas veces, ni siquiera logra comprender con claridad.

Dicho de forma sencilla: la preparación física ha evolucionado hasta el punto de que hoy un jugador corre, de media, entre un veinte y un cuarenta por ciento más por partido que en las décadas de 1970 y 1980. Ese aumento de la exigencia física ha ido de la mano de avances en los métodos de entrenamiento, la fisiología, la nutrición, la biomecánica, etcétera. ¿Y qué ocurre con la dimensión mental y emocional? ¿Ha evolucionado el repertorio de apoyo psicológico al mismo ritmo que los enormes desafíos nuevos?

Aquí aparece una paradoja importante y poco debatida. El fútbol se ha convertido, dentro del campo, en un juego cada vez más colectivo y, fuera de él, en un deporte cada vez más interactivo… mientras que el futbolista, paradójicamente, se ha vuelto más solitario y, al mismo tiempo, más expuesto. Los cánticos de la afición, los análisis por todas partes, las voces en las redes sociales… todo eso puede ser inspirador, sí, pero solo cuando existe una fortaleza y un equilibrio interior capaces de filtrar y procesar semejante volumen de contenido. El camino hacia la resiliencia y la constancia para afrontar este reto no se encuentra en referencias “externas”, ya sean sociales, colectivas o formulistas.

El punto de referencia para el equilibrio está en la propia historia personal, en saber quién se es de verdad. No en ese club, en esa temporada o en esa categoría. Sino en quién se es a lo largo de un recorrido único por el deporte y, más aún, por la vida. Los orígenes. Las herencias simbólicas. Los contenidos tan bien escondidos que llegaron a olvidarse. Un trabajo que no responde a la inmediatez de los clics en redes sociales ni a los goles marcados en el descuento. Un trabajo fuera de la lógica binaria de las tandas de penaltis. Un trabajo sin tarjetas amarillas ni rojas. Un trabajo sin miedo a la opinión del entrenador. Un trabajo sin la presión de la jugada perfecta. Un trabajo sin las voces ni los cánticos de la grada. Un trabajo sin el silbato del árbitro.

Construir y escribir la propia historia. El futbolista es, en realidad, su propio Club: aquel para el que vive y juega todo el tiempo.

No dudes en ponerte en contacto si te interesa conocer más sobre este trabajo o conversar sobre cualquiera de las ideas compartidas aquí.