Cuando Todos los Partidos son "Fuera de Casa"
Jugar en casa o jugar fuera es una dinámica que forma parte de la rutina de un jugador desde el inicio de su carrera en las categorías formativas. En casa, existe la comodidad de estar en un campo conocido hasta en sus más mínimos detalles; en la grada, una afición mayoritariamente favorable, muchas veces con la presencia de familiares y amigos; instalaciones sin sorpresas; experiencias acumuladas allí con el paso del tiempo. En definitiva, una sensación de pertenencia e incluso de control sobre el entorno.
En cambio, cuando se juega fuera, en casa del rival, el ambiente es muy distinto: las experiencias y las sensaciones tienden a ser opuestas.
Las reacciones individuales ante esta dualidad pueden variar según el perfil del deportista. Algunos, incluso, encuentran un desafío y una motivación extra en jugar en el campo del adversario. Lejos de ser una situación binaria, pueden surgir muchas otras percepciones y emociones. Pero el punto central aquí es el valor que tiene, para el joven jugador, competir en casa, en un entorno donde están sus referencias.
El desafío de salir de casa
Jugar en casa o jugar fuera es un factor constante, pero esa simbología puede trasladarse a innumerables situaciones, desde las más simples hasta las más complejas.
En una tanda de penaltis, por ejemplo, elegir lanzar con los aficionados detrás de la portería es un elemento que también se disputa en el sorteo. En la práctica, se trata de buscar cierto control sobre el entorno que rodea los lanzamientos. La portería con la propia afición alrededor se convierte, de algún modo, en una portería “de casa”.
Los jugadores son valorados a medida que participan en determinadas competiciones. Aquel que disputa una competición por primera vez no es igual que otro que ya ha estado allí antes, y esto vale incluso para futbolistas que ya no son considerados novatos. Además de la experiencia técnica, aquí entra en juego también la familiaridad y el valor de conocer el entorno en el que uno está inmerso.
Hay muchas formas e intensidades de mostrar la importancia de que el deportista sea capaz de construir conexiones y buscar vínculos de estabilidad en el entorno en el que se mueve. La competición en sí, la dureza y el desafío del enfrentamiento dentro del campo, son elementos que no se pueden modificar. Pero el jugador sí puede trabajar su percepción de los entornos por los que transita.
El desafío de salir de la primera casa
Hasta aquí hemos comentado aspectos que pueden cambiar de manera relativamente rápida: momentos, partidos, competiciones. Pero ¿qué ocurre cuando observamos la historia personal de los jóvenes futbolistas?
Jóvenes que, muy pronto —a partir de los quince o dieciséis años, o incluso antes— dejan a sus familias y se trasladan a otras ciudades o incluso a otros países. Dejan de “jugar en casa” y pasan a “jugar fuera”, siempre. El entorno conocido, el apoyo de personas importantes y los elementos positivos que hasta entonces estaban presentes desaparecen. A partir de ese momento, todos los partidos son “fuera de casa”. Y a eso se suma una mayor exigencia de rendimiento y de resultados.
Aunque todo esto sea conocido por las partes implicadas — clubes, familias y deportistas —, todavía queda mucho por comprender y elaborar. Los jóvenes futbolistas rara vez tienen la posibilidad de trabajar el impacto emocional de ese cambio, porque quedan atrapados en un reconocimiento automático, casi obligatorio, de que eso forma parte de la carrera: salir de casa es señal de éxito y de prosperidad, y debe celebrarse. Pero ese paso, de un valor inmenso, trae consigo una presión nunca antes vivida, muchas veces ni siquiera reconocida. No es sencillo. Y, aun así, con frecuencia se prefiere actuar como si ese desafío no existiera.
El punto aquí es que las promesas y las expectativas de futuro, o incluso los logros del presente, no borran los vínculos de toda una vida. El inmenso valor de los vínculos afectivos construidos “allá atrás” alcanza a todo el mundo. Las diferencias están en la historia única de cada uno que sale de casa en busca de sus objetivos y de sus sueños. Los desafíos de estar lejos del lugar en el que cada uno se constituyó —geográfica y/o culturalmente— se manifiestan todo el tiempo. Y eso necesita ser escuchado y elaborado.
Los efectos de negar o descartar estos desafíos pueden comprometer la carrera del jugador, porque las dificultades ocultas se convierten en potenciales trampas a lo largo del camino.
No existe rescisión de contrato con el origen y la pertenencia
Conviene observar la realidad de futbolistas que ya han alcanzado un gran reconocimiento y éxito: jugadores que dejaron atrás sus orígenes y conquistaron tanto que son bien recibidos y reconocidos allí por donde pasan. Es decir, en teoría, para estos profesionales cualquier lugar elegido puede convertirse en un espacio de pertenencia, con la garantía previa de que no serán vistos como forasteros. Al contrario: serán acogidos y admirados desde su llegada.
Y, sin embargo, muchos de ellos proclaman el amor y el vínculo con sus orígenes, ya sea con un club, con una ciudad, con una referencia familiar — o con la combinación de varios factores —, y regresan a esos lugares. En ese momento expresan abiertamente lo que está en juego en esa decisión: la vuelta a casa, a los orígenes, muchas veces sin pretensiones económicas y, en ocasiones, con una reducción de la perspectiva deportiva. Y esta situación trasciende nacionalidades e historias concretas. Se trata, esencialmente, de aquel joven que salió de casa, conquistó objetivos, sueños y glorias, y que ahora desea reconquistar su propia casa, su propio origen.
Cada uno a su manera, el regreso a los orígenes
Distintas generaciones, distintas nacionalidades, trayectorias profesionales muy diferentes…y sentimientos similares a la hora de valorar el origen y de representar el regreso.
Ángel Di María, después de una gran carrera en Europa, y en un momento de pleno éxito en S.L. Benfica, anunció su regreso a su club y a su ciudad (algo poco habitual, ya que normalmente el jugador opta primero por volver a uno u otra): “(Volver a Argentina) es un sueño que puede hacerse realidad. Siempre dije que sería una felicidad terminar mi carrera en Central”.
Kaká, al final de su también exitosa carrera en Europa —incluido un Balón de Oro—, anunció su regreso al São Paulo Futebol Clube. “Volver al São Paulo era algo que siempre quise”; y aquí también aparece su ciudad, São Paulo.
Wayne Rooney, al regresar al Everton F.C.: “Everton siempre estuvo en mi corazón”.
Johan Cruyff, después de haber sido el mayor jugador de la historia del AFC Ajax y de haber triunfado con el club, jugó en Estados Unidos y en España, y decidió volver al Ajax afirmando: “Ajax es mi casa”.
Didier Drogba regresó al club que fue su gran referencia en Francia: Olympique de Marseille. “Marseille cambió mi vida”.
Pepe, después de más de una década fuera de Portugal y tras una etapa victoriosa en el Real Madrid CF, decidió regresar al FC Porto: “Volver al FC Porto es volver a casa. Aquí fue donde todo empezó en Europa. (…) Había otras propuestas, pero el corazón habló más alto”.
Hulk, delantero que dejó Brasil a los 17 años, explicó lo que sintió a los 34: “Era finales de 2020 y yo estaba en Campina Grande, descansando y pensando en el siguiente paso después de China. Si no hubiera sonado mi teléfono con Rodrigo Caetano, que era el director de fútbol del Atlético Mineiro, preguntándome: ‘¿Quieres venir?’, me habría ido a Turquía. Habría jugado dos o tres años y habría pasado el resto de mis días sintiéndome incompleto, lamentando un vacío que no conseguí llenar, a pesar de todos los logros. (…) El Atlético Mineiro me daba la oportunidad de cumplir el sueño de seguir jugando al más alto nivel para mi gente, dentro de mi país”. (Lee el texto completo aquí).
La lista de jugadores con testimonios de este tipo podría llenar decenas de páginas.
Cuando la vuelta a casa es muy distinta, se sale de lo habitual y de los focos
No todos los regresos son iguales. El caso del delantero Adriano, apodado Emperador por la afición del Inter de Milán, que decidió poner fin a su carrera voluntariamente cuando todavía estaba en la cima, es claramente una situación atípica, capaz de generar sorpresa y polémica. En este caso, nada puede ser más claro que las palabras del propio jugador.
“Sí, quizá renuncié a millones. Pero ¿cuánto vale tu paz mental? ¿Cuánto pagarías por recuperar tu esencia? (…) Viví muchos años en Barra da Tijuca, pero mi ombligo está enterrado en la favela, en Vila Cruzeiro”. Y su frase final en el texto autobiográfico: “Adriano no desapareció en la favela. Simplemente volvió a casa”. (Lee el texto completo aquí).
El valor del regreso señala la dimensión del desafío de la salida
Los casos citados — solo unos pocos ejemplos entre decenas —, en los que futbolistas consagrados subrayan la importancia de regresar a sus orígenes, no hacen más que reafirmar el desafío que supone recorrer el camino contrario al inicio de la carrera.
Salir de casa no debería verse como un reto para el que la fuerza de voluntad y el trabajo vayan a ser siempre suficientes. La fuerza de voluntad y el trabajo son, sin duda, atributos esenciales en ese movimiento. Aun así, la exploración y la elaboración de los sentimientos y de las dificultades subjetivas que aparecen en ese momento necesitan ser tratadas con la seriedad y la prioridad que merecen.
Por grandes que sean las cualidades técnicas y el compromiso del joven, ese primer y decisivo movimiento — el paso de lo “conocido” a un mundo soñado, pero al mismo tiempo temido — debe ir acompañado de una atención extrema. Atención a los sentimientos, atención a los temores, atención a las señales que irán apareciendo al comienzo de una carrera profesional.
Cada jugador, al “salir de casa”, necesitará reinventarse. Y ese movimiento subjetivo no estará en ningún esquema táctico ni en ningún plan de entrenamiento. Ese movimiento estará siempre en la intimidad del jugador y en todo lo que ha vivido hasta ese momento: en la historia única de cada uno.
En mfc program, trabajamos desde la perspectiva de desarrollar estrategias personales que permitan al joven sentir “su casa” cerca, incluso estando muy lejos de ella.
